Infobae. Dina Baluarte sigue cayendo en las encuestas: mujeres del Perú lideran rechazo a la presidenta con un 96.5 % de desaprobación
La construcción de un Estado está ligado a los cimientos que se van colocando en cada periodo de gobierno, si estos son autoritarios o frívolos, la estructura estatal se relaja a tal punto que la población también replica ese comportamiento. Por ello es que la fortaleza o debilidad de un gobierno no es cosa de juego; creo que se inicia desde el momento en que las personas deciden postular al cargo público, llámese fórmula presidencial, Congreso, Parlamento, o a niveles de gobierno subnacionales y municipales, y compromete al elector cuando deposita su voto después de un proceso racional o no de selección de candidatos o como reflejo de la simpatía o ideología que abraza. En ello hay una corresponsabilidad.
Además, creo que en la vida republicana peruana tendríamos que identificar a los gobernantes que se prepararon para asumir esas responsabilidades, tal vez de manera particular, la primera magistratura de la nación. Otro caso es quien se preparó para asaltar el poder. Tal vez a simple vista, no se note la diferencia de uno y otro; incluso si ensayamos la respuesta por el lado de la formación política, aparecerían muchas voces estridentes. Pero lo que no tiene contradicción como elemento clave para el manejo de la cosa pública es la entereza moral que el personaje público pueda mostrar.
Si damos una mirada a los gobiernos del orbe podemos encontrar varios ejemplos de esa entereza moral evitándonos las voces estridentes cuyo propósito es opacar cualquier indicio de salud del manejo público. Podríamos estar a favor o no de su postura política, pero no cabría espacio para la duda de su entereza moral. Cada uno de ustedes podrá ensayar la nominación de esos personajes con talla de estadista que ha granjeado nuestra admiración.
En nuestro terruño, esa imagen de íconos de la honestidad en la actividad política o en el ejercicio del poder, se opaca aun limpiándonos los ojos y despejando la memoria. No hay manera de hacer un parangón si mencionamos a Domingo Faustino Sarmiento, David Ben -Gurión, Shimon Peres, Willy Brandt, Golda Meir, Margaret Thatcher, Ángela Merkel, entre otros.
Solo para identificar a ciertos personajes antípodas de los antes mencionados, en nuestra memoria aparecen las imágenes de Pedro Castillo y de su sucesora constitucional, Dina Baluarte; quienes ya ganaron el premio a la estupidez, el premio Darwin y con ellos, sus electores. Sus decisiones fueron sin sentido.
Podríamos ampliar la lista, pero estos dos son los más icónicos y recientes; pues, su comportamiento y la manera de manejar la cosa pública descalabra cualquier intento de construir una república democrática, retarda procesos gubernamentales y sociales; por ello que, la delincuencia está en su garbanzal, tejiendo redes con congresistas pusilánimes y jueces más que tales, compinches de los maleantes.
En esa lógica no es posible construir un país que ofrezca bienestar para la gente; por más que los gobernantes estén empeñados en ingresar al club, es decir, a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico – OCDE, las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales acumuladas a lo largo de la República han mancillado todo proyecto de nación libre y soberana.
Las bases para una república democrática están siendo horadadas desde hace muchos años, y no se ha puesto un paralé a ello; los gobernantes no han tenido la fortaleza para afrontar ese «desborde popular» que se muestra como empleo precario, de supervivencia; resultado, además, de una educación paupérrima.
Sabiendo ello, los pocos partidos políticos y las muchas agrupaciones políticas siguen calculando su «vigencia» después del proceso electoral. Lo que en este momento de incertidumbre se necesita es construir bloques políticos con orientación de gobierno en tres aspectos: inversión, seguridad y fortalecimiento del Estado.
La inversión será garantía de generación de recursos económicos para las familias y para el erario. La seguridad es pilar fundamental para el desarrollo y bienestar de la población, y para ello se tiene que revisar políticas y planes que hasta la fecha se han producido y aprobado pero su implementación ha sido un chasco que sigue pagando la población. 1 En este ramo la sola intervención de la policía nacional es garantía de fracaso, pues, el otro actor esencial como el Poder Judicial está más propenso a tratar con guante de seda a los delincuentes justificando fallas procedimentales de la policía. Estos dos actores, fundamentalmente represivos, tienen que ser acompañados de acciones de formación y orientación familiar, pues, ella en muchos casos actúa como semillero de delincuentes. Y, advierto, no es cuestión de políticas públicas, que dicho sea de paso hay muchas y poco efectivas, sino, de preparación, estrategia, articulación de actores y presupuesto.
Finalmente, el fortalecimiento del Estado en tanto se optimice su estructura y personal; pues, ¿Qué necesita el poblador para percibir que el Estado le es útil? Una de ellas es la provisión de servicios públicos y también de servicios (así a secas). Este fortalecimiento es de una dimensión descomunal que muchos «entendidos» no la entienden y se quedan en el cliché de «modernización de la gestión pública», lindo lema, pero puro hueco.
El fortalecimiento transita por el modelo de gobierno, centralista o descentralista, pero que conduzca al bienestar de la población. Sin embargo, ya hemos indicado en varias oportunidades que el modelo centralista instaurado durante más de quinientos años, no ha sido satisfactorio para la población en general sino para unos cuantos. Mirar el desarrollo del país con los mismos ojos seguirá multiplicando el malestar de la gente. Mirar con los mismos ojos es mantener distritos y provincias pobres con planes de desarrollo que son letra muerta. Hay burócratas que les gusta los nombres pomposos y de ahí no salen.
Ahora bien, esos tres pilares requieren inevitablemente de presupuesto; sino los proveen todo será una quimera.


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