Es uno de los temas favoritos de los voceros del establishment, pero, ¿se entiende el significado que debería tener para el sector minero en el Perú? ¿Es un concepto válido o sólo un término que se copió de algún lado y se pretende usar para beneficio de alguien? ¿Cómo entenderlo para una actividad como la minería que solo extrae y se mueve en un mercado perfecto? ¿Cómo es posible lograr competitividad en esas condiciones y, con respecto a qué? ¿Con quién y para qué se estaría compitiendo?
Pareciera que, competitividad, fuera solo una muletilla importada que se intenta entronizar para favorecer los intereses de los que necesitan los metales, no de los espacios donde estos se extraen, casi todos países tercermundistas, como Perú, la R D del Congo o Chile.
En realidad, la única competencia positiva posible es con uno mismo. Buscar competir con otros es imitar, perder libertad para crear lo propio, y, sin esa condición, desarrollar se vuelve un imposible. Decir que la competitividad ayudará al desarrollo de la minería es un absurdo. El que trate de hacerlo se pasará la vida emulando a otros, y, en el mejor de los casos, terminar solo como un segundón más. Bajo esa forma de entender el término competitividad podría ser una mala idea. Uno nunca debe tratar de ser ni mejor ni peor que otro sino, uno mismo. Además, ¿qué podría significar ser mejor o peor?
Ser competitivo es lograr que la minería esté creando riqueza para el país, y una actividad de extracción será competitiva (de la forma como lo pregona el establishment) solo si empobrece el espacio donde se desarrolla, por lo cual sería contraproducente si se tratara de aplicar al sector minero nacional. Por otro lado, ¿cuál sería la razón de competir? ¿Para lograr qué?
El establishment trata de engañarnos para hacernos caer en su trampa, «que solo vendrán las inversiones si hacemos esto o aquello» y, que si no lo hacemos las llevarán a otro sitio, lo que en buen romance significa que debemos regalarnos más que los otros para que se animen a venir, en una especie de guerra de precios, en las que al final todos terminan perdiendo. Un vocero de la minería tradicional afirmaba que nuestra competitividad estaba en los bajos costos de personal y que deberíamos tener mucho cuidado con los sobrecostos laborales; otro, que estaba en ofrecer exoneración de impuestos, rebaja de las normas medioambientales, tranquilidad social y otras por el estilo, es decir, regalarnos siempre y sin chistar. ¡Mucho cuidado! esa mentalidad forma parte de nuestras normas de conducta en lo político y, una muestra de que seguimos atados al complejo colonial.
La cereza del pastel, los llamados Contratos-Ley por los cuales las condiciones impositivas y otras no se pueden cambiar en el tiempo fijado en el contrato. En los contratos con las mega-inversiones se establece que las empresas empezarán a pagar el impuesto a la renta una vez que hubieran recuperado su capital. Una empresa que en su tiempo fue la primera en la extracción de oro empezó a pagar impuesto a la renta nueve años después de haber empezado a operar. ¡Qué tal manera de entender el capitalismo!
Con las cosas así, el término -competitividad- debería ser usado con mucho tino porque puede encerrar trampas muy peligrosas en sociedades poco institucionalizadas e irreflexivas.
Repitamos, la única competencia válida es solo con uno mismo y nunca deberá equivaler a regalarse. La competitividad minera, más aun, debería tener como base el beneficio nacional ya que la minería extrae activos agotables propiedad de la nación. Bajo esas consideraciones, el término competitividad como se entiende en el Perú llevará a que sigamos siendo los perjudicados de siempre.
Los voceros del establishment pretenden fijar las políticas mineras en función de las necesidades del mundo industrializado. La cosa debería ser al revés, hacer que la tenencia de minerales apoye el desarrollo nacional (es decir, de las personas) aprovechando las necesidades de los industrializados: la caridad empieza por casa.
Entonces, será lícito preguntarse ¿cómo mostrar una diferencia que atraiga a más operadores externos?
Nosotros tenemos los yacimientos, por eso vienen, no porque nos bajemos los pantalones. Las condiciones sociales no los asustan, dejemos de pregonar eso del ‘ruido político’, solo una especie de terrorismo blanco. En el tiempo de las nacionalizaciones del Gobierno Revolucionario (1968-1980), en que se estatizaba todo, Southern Perú realizó Cuajone, hasta entonces la inversión más grande en la historia del Perú.
Como resumen, la minería de extracción se mueve en un mercado perfecto donde la competitividad solo equivaldría a regalarse. Donde ser competitivos llevaría a ser cada vez más pobres de continuar con la misma teoría de la Colonia, «la minería por la minería».
Entonces, a los pregoneros de la competitividad se les debería preguntar, competir ¿para qué? y ¿por qué?


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