Un Apunte a “Travesuras de la niña mala”

Como un aficionado lector de las obras de MVLL, empujado por su súbita e irreparable partida y por las gratas emociones que me generó esta obra en particular, me permito, con mucho atrevimiento y entusiasmo, hacer un breve enfoque de una de sus novelas que más he disfrutado.

Creo modestamente que esta no tiene que envidiar la magnificencia de “La Ciudad y los perros”, “Conversación en la Catedral”, “La Casa Verde”, “La Guerra del Fin del Mundo” y otras, más bien sin perder brillantez narrativa, la obra es lineal, destilando un humor corrosivo tan profundo como una pasión indomable y un amor sublime, casi al límite de lo que el ser humano puede brindar. En suma, ese mensaje cáustico y sensual que se escurre entre líneas, en todo el texto, me parece que no se deja opacar por otras de sus obras que se deslizan aún más profundamente por una senda similar, como “Los Cuadernos de Don Rigoberto”.

Como todas las obras de Mario, está muy bien construida, vista desde cualquier ángulo literario. La arquitectura argumental es muy elaborada, lo que le agrega una exquisitez especial.

Esta obra, publicada el 2006, per se expresa el gran expertise del novelista en el amplio manejo del idioma, sus matices y arabescos, así como su habilidad para describir los diferentes ambientes en que se enmarca el texto. Es decir, las descripciones minuciosas de los recuadros geográficos que son la escenografía en que se desarrolla la trama, revelan un conocimiento profundo de la Lima que se fue, de las calles parisinas, londinenses y madrileñas por las que el autor ha transitado durante gran parte de su vida.

El haber absorbido intensamente la savia vivencial de cientos y quizás miles de existencias reales y ficticias, cual ávido Drácula que se prende de una yugular adolecente, hace que el lector retrate mentalmente y muy claramente a cada personaje, distinguiéndolos por nacionalidad, estrato social y género, que Mario transforma en niño, niña, joven, hombre culto, acomodado, santurrón o un tipejo achorado o mísero trabajador; sudaka, europeo o asiático; mujer elegante, muy educada o una callejera sin escrúpulos; es decir la gran amalgama de la vida que pasa por la cabeza del lector como exquisitos “bocattos di cardenali”, que son degustados, paladeados, con un enorme placer.

Así mismo, juega con una de sus herramientas favoritas, el manejo indistinto de las cronologías, de los tiempos, pero sin grandes saltos cuantitativos. La narración cautiva desde el inicio, sin dejar que el interés del lector decaiga un ápice, más bien incrementándolo conforme avanza su lectura.

La temática de fondo, como la mayor parte de sus obras son peruanistas y le da este “toque de distinción” que nos permite adentrarnos más fácilmente en ella, sin mayor lubricación.

En adición, la filosofía vivencial de cada personaje, con los cuales se puede identificar el lector, quiéralo o no, así como el gran trabajo que considera el situarse dentro de una amplia temporabilidad y transitarla con pausa, con detallismos que linderan casi con la exageración y que tiene como objetivo el situar al leyente dentro del contexto idóneo, para luego acelerar el tiempo sutilmente, sin que el absorto lector se sienta agredido, es solo una muestra más de su eximio talento literario.

Mario, como eximio narrador, incrementa de a pocos la sensibilidad en sus personajes y despierta sentimientos variados e intensos durante la lectura y finalmente, la reflexión que origina tamaña vorágine de estímulos que uno absorbe casi agradecido y hasta apenado al término de la aventura humana, revelando a un ser humano cuajado, con miles de vidas de experiencia, que le dan un enorme peso específico a la obra y a un bendecido por la vida, lo que le adiciona una pisca de alegría puntual, a veces casi cómica al tema, haciéndolo, más ligero y dulce como un suspiro… ..a la Limeña.

MVLL, solo reitera en esta agradable novela, el extremismo cósmico que forma parte intrínseca de la vida en todas sus magnitudes y dimensiones. El comienzo y el fin; la luz y la oscuridad; la lejanía y la cercanía; lo bueno y lo malo; la opulencia y la miseria; la vida y la muerte; la sabiduría y la ignorancia; el amor y el odio; la “U” y Alianza; es decir, el yin y yang. En suma, la vida cotidiana matizada y condimentada con una narración simple, diáfana, a veces brutal, a veces cursi y coloquial, a veces sensiblera y llena de humor, pero real, emotiva y tragicómica, como la vida misma.

El autor no califica, no es la idea, plasma las vivencias y presenta el buffet de situaciones para el deleite general.

En el último párrafo, magistralmente hace un “cierre” existencial a la obra, como rasgando ella misma, su propio velo de ficción.

El lector se queda con un saborcito a miel y hiel. Definir la tonalidad con certeza es imposible, solamente nos confirma que lo claro puede ser oscuro y que lo malo al final, podría ser bueno. Que esa coexistencia bipolar es el (único) sentido de la vida. Claro, no descubre la pólvora, pero reitera la eterna ambivalencia existencial, para reconfirmar, con una absoluta certeza de geometría einstenniana, que las paralelas, en algún lugar del infinito literario, sí se juntan.

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